La oración por la paz que el Papa Juan Pablo II no pronunció

Anécdotas de la visita de Juan Pablo II (hoy un “santo”) a Nicaragua en tiempos del sandinismo

Es cierto lo que relata el periodista Emilio Marín (La Arena 12/5/11) acerca de que el fallecido papa Juan Pablo II (el polaco Karol Wojtyla) atacó públicamente al sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal quien en 1983 fungía como ministro de Cultura del entonces goberno revolucionario sandinista. Tuve la oportunidad de presenciar en directo la “puesta en escena” de la primera represalia en el aeropuerto Augusto C. Sandino de Managua.
El Papa visitaba la Nicaragua sandinista como parte de una gira centroamericana. La Revolución Sandinista apenas llevaba cuatro años de nacida y en ese momento soportaba una intensa guerra de agresión desplegada por tropas irregulares con bases en Honduras y Costa Rica. El gobierno de Estados Unidos organizó esa guerra como (supuestamente) de “baja intensidad”, pero para el pueblo nicaragüense, padecerla y resistirla le costó una grandísima intensidad. Tanta, que al cabo de más de seis años, le había provocado miles de muertos y una cantidad difícil de contabilizar en cientos de millones de dólares. Y además de ese dolor, sangría y desastre económico, le obligó a insumir sus energías revolucionarios en un esfuerzo bélico descomunal que condicionó primero, y frustró después, el desarrollo mismo de la Revolución como tarea de transformación socioeconómica y cultural.
La guerra de agresión de “los contras” fue preparada por el Ejército norteamericano y co-dirigida por militares hondureños y argentinos. Dentro del país, la contrarrevolución contaba con significativas apoyaturas “políticas” y religiosas. En primer lugar, el arzobispo Miguel Obando y Bravo, recién ungido como cardenal, era algo así como el “jefe espiritual” de la contrarrevolución.
La Revolución Sandinista contaba entre sus militantes y dirigentes, una buena cantidad de sacerdotes afines a la teología de la liberación, como el mencionado Ernesto Cardenal, su hermano Fernando, que fue por un tiempo ministro de Educación y el Miguel D´Escoto, un cura de la orden Maryknoll, que era canciller. Los tres sufrieron represalias del entonces Jefe del Estado Vaticano, tal como bien recuerda Marín en su nota. Y sobre todo, numerosas comunidades eclesiales de base.
El país estaba en guerra y en esas condiciones recibió al Papa Juan Pablo II. Decían los que saben de intringulis diplomáticos, que el Papa había puesto como condición de que Cardenal no estuviese en la recepción oficial. Pero en la extensa fila de gobernantes sandinistas dispuestos a recibirlo en la pista del aeropuerto, apareció con su casaca blanca y su boina negra, el piontorsco sacedote trapense. Parece que el Papa no lo vio al bajar del avión y mientras recorría la fila saludando uno por uno a los gobernantes revolucionarios, de golpe se topó con Ernesto Cardenal que, se arrodilló ante él y se quitó la boina. El Papa montó en cólera y fuera de todo gesto diplomático, con el rostro ruborizado, empezó a gesticular como reprendiendo a un niño muy malo y gritándole: “¡Arregle su situación con la Iglesia, arregle su situación con la Iglesia”! Ernesto Cardenal apenas esbozó un gesto entre aparente sumiso y una muy leve sonrisa.
El hecho no pasó desapercibido ni para los presentes ni para los millones de televidentes de Nicaragua y el mundo que seguían los pasos del Papa viajero.
Este traspié no fue el primero de Karol Wotyla. Dos días después, celebró una misa a cielo abierto en la Plaza 19 de julio de Managua, ante unas 700 mil personas (cálculo aproximado) en un país que por entonces tenía poco más de 3 millones de habitantes.
Entre la multitud, había un nutrido grupo de madres y familiares de combatientes caídos en esa guerra de (supuesta) “baja intensidad”. En un momento, comenzaron a reclamarle a su Santo Padre una oración por la paz: “¡Queremos la paz, queremos la paz!”. El Papa varias veces fue interrumpido por ese clamor, hasta que, otra vez ruborizado y fuera de sí, gritó “¡En la Santa Eucaristía se hace silencio!”. Pero como el clamor por una oración por la paz no cesaba, ya más encolerizado volvió a gritar “¡El Papa es el primero que quiere la paz!”.
Pero la oración por la paz no llegó. Muchas madres lloraban desconsoladas. Al día siguiente, una compañera de trabajo, Rosita, veterana sandinista, cristiana muy creyente, que había adornado la oficina del Ministerio de Salud en la zona del Zumen, en Managua, con numerosas imágenes del Papa y banderas amarillas y blancas del Estado Vaticano, entró - tarde - llorando a labio partido y con una furia difícil de describir, arrancó los carteles y banderas que ella misma había colocado.”¡Hombre malvado, no fue capaz de decir una oración por esos muchachos!”. Algo se había roto definitivamente en sus sentimientos y creencias.
El Papa partió. La guerra siguió desangrando irremediablemente a la Revolución. La contrarrevolución que fue derrotada por las armas del Ejército Popular y las Milicias Populares Sandinistas, logró una victoria política sobre la Revolución que quedó a menos de la mitad de su camino. Wojtyla hoy es beatificado por su Iglesia católica por otros milagros.